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Temario OPE Enfermería Geriátrica: Modelo de atención centrado en la persona

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Tema 1: Modelo de atención centrado en la persona

OPE Enfermería Geriátrica. Tema 1 Modelo de atención centrado en la persona

1.Fundamentos del modelo de  atención centrada en la persona  (MACP) 

1.1 CONCEPTO Y DEFINICIÓN DEL MODELO 

El modelo de atención centrada en la persona (MACP)  constituye un enfoque asistencial que sitúa a la persona  como eje vertebrador del sistema de cuidados,  superando modelos tradicionales centrados en el  servicio, la tarea o la enfermedad. Se orienta a garantizar  la continuidad del proyecto vital de cada individuo,  respetando sus decisiones, preferencias y necesidades,  incluso cuando se encuentra en situación de  dependencia o deterioro cognitivo. 

Este modelo surge de la necesidad de reconfigurar los  sistemas asistenciales para ofrecer un cuidado que  integre no solo las dimensiones físicas y sanitarias, sino  también las psicológicas, sociales y existenciales de la  persona. La atención centrada en la persona se  fundamenta en el reconocimiento de la singularidad de  cada ser humano, en su derecho a participar activamente  en la toma de decisiones que le afectan y en la obligación  de las organizaciones y profesionales de acompañar su  trayectoria vital desde un paradigma de apoyo, no de  sustitución. 

El MACP trasciende el modelo clásico de planificación  individualizada, ya que no se limita a registrar  necesidades asistenciales, sino que incorpora elementos  biográficos, valores personales, preferencias subjetivas  y metas vitales, formulando así planes de atención y vida  que reflejan fielmente el modo de vivir de cada persona.  La profesionalización de este modelo se traduce en un  enfoque estructurado, basado en evidencias científicas,  fundamentos éticos sólidos y principios de calidad  asistencial orientados al bienestar subjetivo, la  autonomía y la dignidad. 

1.2 PRINCIPIOS ÉTICOS Y FILOSÓFICOS DEL ENFOQUE CENTRADO EN LA PERSONA 

El modelo se asienta sobre una base ética que reconoce  a la persona como sujeto de derechos, dotado de  dignidad intrínseca e inalienable, independientemente de  su edad, estado funcional o deterioro cognitivo. Este  principio de dignidad guía todas las actuaciones en el  MACP, implicando un trato respetuoso, personalizado y  libre de prácticas estandarizadas o deshumanizadoras. 

Entre los principios filosóficos se encuentra la  autodeterminación, entendida como la capacidad de la  persona para tomar decisiones sobre su vida cotidiana.  Esta se ejerce de forma directa o, en situaciones de  grave afectación, de manera indirecta, respetando  siempre los valores y preferencias previamente  expresados. Se rechaza, por tanto, una visión  heterónoma del cuidado que anule la voluntad del  individuo, abogando por prácticas deliberativas en las  que el profesional actúa como facilitador, no como  prescriptor. 

La atención centrada en la persona también se alinea  con una concepción relacional del ser humano.  Reconoce la interdependencia como elemento  estructural de la vida, integrando en el proceso de  cuidado a familiares, cuidadores y entornos  significativos. Así, el bienestar no se entiende como  resultado exclusivo de la intervención profesional, sino  como una construcción colectiva que se apoya en redes  relacionales y entornos humanizados. 

La orientación bioética del modelo queda reflejada en la  integración de los principios de beneficencia, no  maleficencia, justicia y autonomía, que articulan las  decisiones asistenciales en contextos complejos. Esta  perspectiva permite abordar los dilemas éticos propios  de la atención a personas en situación de vulnerabilidad  desde el juicio prudente y el respeto por la individualidad,  evitando prácticas paternalistas o prácticas de riesgo que  atenten contra la seguridad y el bienestar de la persona. 

1.3 DIFERENCIAS ENTRE MODELOS CENTRADOS EN LA PERSONA Y MODELOS CENTRADOS EN EL SERVICIO 

Los modelos de atención centrados en la persona  (MACP) y los modelos centrados en el servicio  representan enfoques asistenciales radicalmente  distintos, tanto en su fundamento como en sus  consecuencias prácticas. La diferencia principal radica  en la perspectiva desde la cual se diseña y organiza la  atención: mientras que el MACP parte del sujeto y de su  experiencia vital como núcleo del cuidado, el modelo  centrado en el servicio organiza la atención desde la  lógica institucional y profesional, priorizando la eficiencia  operativa, la estandarización de procesos y el control  técnico.

En el modelo centrado en la persona, el foco de atención  son las capacidades, intereses, deseos y fortalezas del  individuo. La intervención se articula en torno a su  proyecto de vida, promoviendo decisiones compartidas,  planes personalizados y relaciones colaborativas entre  personas usuarias, profesionales y familias. En  contraste, el modelo centrado en el servicio prioriza los  déficits, patologías y conductas alteradas, con  decisiones unilaterales adoptadas por los profesionales,  planes fragmentados orientados a objetivos clínicos y  escasa participación de la persona atendida. 

Otra diferencia significativa reside en la contextualización  de la intervención. El MACP reconoce a las personas  dentro de su entorno habitual, social y comunitario,  promoviendo su inclusión y continuidad biográfica. En  cambio, el modelo centrado en el servicio aísla a las  personas dentro del marco institucional,  desconectándolas de sus vínculos previos y  subordinando sus preferencias a los protocolos  establecidos. 

Asimismo, el lenguaje y la cultura organizativa también  divergen entre ambos modelos. Mientras que el MACP  adopta un lenguaje accesible, cercano y comprensible  para los usuarios, el modelo centrado en el servicio  mantiene una terminología técnica, clínico 

administrativa, muchas veces distante y excluyente. Esta  diferencia refleja una concepción más participativa y  humanizada del cuidado en el MACP, frente a un  enfoque más jerárquico y unidireccional en el modelo  tradicional. 

El MACP también implica una reconfiguración del papel  profesional: del experto que prescribe hacia el facilitador  que acompaña, escucha y codiseña los apoyos  necesarios. Los equipos en el modelo centrado en la  persona se estructuran horizontalmente y favorecen la  corresponsabilidad, mientras que en el modelo  tradicional los equipos se organizan jerárquicamente,  con delegación vertical de funciones. 

En conjunto, estas diferencias definen dos paradigmas  incompatibles: uno orientado a la autonomía, la dignidad  y la singularidad, y otro estructurado en torno a la  eficiencia operativa, la homogeneización y el control  institucional. 

1.4 DESARROLLO INTERNACIONAL DEL ENFOQUE: ORIGEN, EVOLUCIÓN Y REFERENTES 

El modelo de atención centrada en la persona tiene su  origen conceptual en la psicología humanista,  concretamente en la terapia centrada en el cliente  formulada por Carl Rogers en la década de 1960. Este  enfoque defendía la capacidad del individuo para  comprenderse y autodirigirse, y situaba la relación no  directiva, basada en la empatía, la aceptación  incondicional y la autenticidad, como condición básica  para el desarrollo personal. Esta perspectiva fue  progresivamente adoptada por múltiples disciplinas,  especialmente en el ámbito educativo, de la salud, la  discapacidad y el envejecimiento. 

Durante las décadas posteriores, el enfoque centrado en  la persona fue evolucionando en distintos países a través  de movimientos que reivindicaban los derechos y la  autodeterminación de colectivos vulnerables. En el  ámbito de la discapacidad, la planificación centrada en la  persona emergió en los años 70 en Canadá, Reino Unido  y Estados Unidos como un instrumento de  empoderamiento y normalización, destinado a construir  proyectos de vida individualizados sobre la base de  capacidades, deseos y contextos personales. 

En el campo de la gerontología, el modelo cobró  relevancia especialmente a partir de los años 90, cuando  se hizo evidente la necesidad de transformar la atención  a las personas mayores en situación de dependencia. En  Reino Unido, el trabajo de Tom Kitwood y el Grupo de  Bradford fue decisivo para introducir el enfoque en el  contexto de la demencia. Kitwood denunció la existencia  de una “psicología social maligna” basada en prácticas  deshumanizadoras y propuso un nuevo modelo que  integraba las necesidades psicosociales como  dimensiones del cuidado. Su discípula Dawn Brooker  desarrolló el modelo VIPS (Valoración, Individualización,  Perspectiva de la persona, Soporte social positivo) y  metodologías aplicadas como el Dementia Care  Mapping

Diversos países han desarrollado políticas públicas  orientadas al MACP. En los Países Nórdicos, desde los  años 60, se promueven modelos de atención integrados  en la comunidad con viviendas con apoyos. Dinamarca,  desde 1987, abandonó la construcción de residencias  institucionales tradicionales. En Reino Unido, iniciativas  como el National Service Framework for Older People Living Well in Later Life han consolidado el modelo. En  Australia, Canadá y Francia también se han desplegado  estrategias para implementar el MACP como base de los  cuidados de larga duración.

El desarrollo del modelo se ha sustentado en tres pilares  fundamentales: las declaraciones internacionales sobre  derechos (como la Declaración Universal de Derechos  Humanos, la CIF y la Convención sobre los Derechos de  las Personas con Discapacidad), los fundamentos éticos  (beneficencia, autonomía, justicia y no maleficencia) y la  evidencia científica procedente de los modelos de  envejecimiento activo, calidad de vida y teorías  ecológicas del comportamiento humano. 

En suma, el MACP ha evolucionado desde un enfoque  clínico-psicológico hacia un modelo asistencial amplio,  fundamentado, estructurado y aplicado de forma  creciente en diversos contextos sociales y sanitarios,  consolidándose como un referente internacional para la  mejora cualitativa de la atención a las personas en  situación de dependencia. 

2.Objetivos y valores del MACP 

2.1 CALIDAD DE VIDA COMO EJE DE LA ATENCIÓN 

El MACP asume la calidad de vida como eje central de  su intervención. A diferencia de modelos tradicionales  centrados en parámetros clínicos u operativos, el MACP  pone en valor la experiencia subjetiva de bienestar,  satisfacción, propósito y realización personal, entendida  de forma individualizada. 

Esta calidad de vida no se limita a la cobertura de  necesidades básicas, sino que incorpora dimensiones  relacionales, emocionales, sociales y simbólicas. El  modelo reconoce que el bienestar no depende  únicamente de la ausencia de malestar físico o funcional,  sino también de la capacidad para mantener vínculos  significativos, conservar una identidad reconocida,  participar activamente en las decisiones, y seguir  disfrutando de actividades con sentido. 

La atención, por tanto, debe organizarse en torno a  planes personalizados que contemplen el conjunto de  condiciones que favorecen esa calidad de vida:  entornos accesibles y seguros, rutinas  significativas, acompañamiento profesional  respetuoso, y oportunidades reales de mantener el  control sobre la vida cotidiana. En este contexto, se  reconoce también el valor terapéutico de lo cotidiano y  del entorno, así como la necesidad de evitar prácticas  estandarizadas que generen despersonalización o  desarraigo. 

2.2 DIGNIDAD, AUTONOMÍA MORAL Y AUTODETERMINACIÓN 

El modelo parte del reconocimiento de la dignidad  intrínseca de la persona, entendida como valor  inherente e independiente de cualquier circunstancia  vital, estado de salud, edad o nivel de dependencia. Esta  dignidad exige que la persona sea tratada con respeto,  consideración y reconocimiento de su trayectoria,  identidad, cultura y valores personales. 

En coherencia con esta dignidad, el MACP articula la  atención desde la autonomía moral, también  denominada autodeterminación, entendida como la  capacidad del individuo para tomar decisiones libres y  responsables sobre los aspectos que configuran su vida.  Esta autonomía no desaparece en situaciones de  dependencia o deterioro cognitivo: en estos casos, debe  garantizarse a través de apoyos, representaciones o  estrategias que permitan mantener el control indirecto,  respetando las voluntades previas y los valores  expresados. 

La atención debe evitar toda forma de heteronomía o  imposición paternalista, favoreciendo espacios  deliberativos donde la persona sea escuchada y donde  los profesionales actúen como facilitadores, no como  sustitutos. La autonomía no equivale a independencia  funcional absoluta, sino a la posibilidad real de orientar  la propia vida conforme a los propios criterios. 

Este compromiso con la autonomía se extiende también  al derecho de las personas a cometer errores, asumir  riesgos y tomar decisiones que otros podrían no  compartir, siempre que no se vulnere la seguridad de  terceros ni se infrinjan principios básicos de justicia y  equidad. El respeto a esta dimensión de la libertad  personal implica un cambio profundo en la cultura  profesional, que debe asumir que proteger la dignidad  incluye permitir que la persona viva con sentido, incluso  en condiciones complejas.

2.3 RECONOCIMIENTO DE LA SINGULARIDAD Y DEL PROYECTO DE VIDA 

El modelo de atención centrada en la persona se  fundamenta en el reconocimiento de la singularidad  de cada individuo como principio irrenunciable del  cuidado. Toda persona, independientemente de su edad,  situación funcional o contexto vital, posee una historia  propia, un conjunto de valores, creencias, relaciones y  experiencias que configuran su identidad y su manera  particular de estar en el mundo. Esta unicidad no puede  ser ignorada ni diluida en prácticas estandarizadas, sino  que debe ser el punto de partida para cualquier  intervención. 

En coherencia con ello, el MACP otorga una centralidad  plena al proyecto de vida de la persona. Este proyecto,  entendido como la forma en que cada individuo se  plantea su existencia y orienta sus decisiones en función  de sus metas y deseos, se mantiene activo a lo largo del  ciclo vital. También en la vejez y en la dependencia, las  personas continúan elaborando significados,  persiguiendo objetivos y desarrollando formas de  continuidad biográfica. 

El cuidado debe, por tanto, respetar, conocer y apoyar este proyecto de vida, en lugar de interrumpirlo o  sustituirlo. La atención debe organizarse a partir de los  elementos que para la persona son importantes en su  momento vital actual, incorporando sus hábitos,  costumbres, vínculos significativos y aspiraciones  realistas. El profesional no actúa como diseñador externo  de itinerarios vitales, sino como facilitador de los apoyos  necesarios para que la persona pueda seguir adelante  con su propia forma de vida, incluso en condiciones de  alta dependencia o deterioro cognitivo. 

La biografía individual deja de ser un mero antecedente  y se convierte en referente operativo del plan de  atención. Esta perspectiva requiere habilidades  específicas por parte de los equipos profesionales:  capacidad de escucha activa, observación,  comunicación respetuosa y disposición para comprender  y acompañar. Solo así se puede garantizar una atención  que no fragmente a la persona, sino que la sitúe en el  centro como sujeto pleno de derechos y portador de una  trayectoria vital valiosa. 

2.4 ATENCIÓN INTEGRAL, PERSONALIZADA E INCLUSIVA 

La atención centrada en la persona propone un modelo  de intervención que debe ser, simultáneamente,  integral, personalizada e inclusiva. Estos tres  principios no son dimensiones aisladas, sino  componentes inseparables de una atención que busca  responder de manera real y eficaz a la complejidad de la  vida humana en contextos de vulnerabilidad. 

Una atención integral implica contemplar a la persona  desde una perspectiva multidimensional, abarcando no  solo sus necesidades físicas o sanitarias, sino también  sus aspectos emocionales, cognitivos, sociales,  culturales y espirituales. Esta visión holística permite  identificar con mayor precisión qué elementos son  significativos para el bienestar de la persona y evitar  reduccionismos clínicos que ignoran factores  importantes para su calidad de vida. 

La atención debe ser también personalizada, es decir,  ajustada a las características, preferencias, historia y  circunstancias de cada persona. Esto exige abandonar  enfoques protocolizados que imponen actuaciones  uniformes, y sustituirlos por planes de atención y vida  individualizados y flexibles, que reconozcan la  variabilidad de trayectorias y expectativas. La  personalización no es una adaptación superficial, sino  una transformación estructural del modelo asistencial. 

Por último, la atención debe ser inclusiva, en el sentido  de favorecer el mantenimiento de los vínculos de la  persona con su entorno social, comunitario y familiar. Se  trata de evitar el aislamiento, la desvinculación y la  institucionalización excluyente, promoviendo  entornos significativos donde la persona pueda seguir  participando, siendo reconocida y ejerciendo un rol  activo. La inclusión también implica eliminar barreras  físicas, relacionales y culturales que impiden el ejercicio  pleno de derechos.

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